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¿Usar las reservas del BCRP? El riesgo oculto detrás de una propuesta que suena brillante

Nos encontramos a puertas de un nuevo proceso electoral, y con él vuelven a escucharse diversas propuestas de quienes aspiran al sillón presidencial. En ese contexto, ha comenzado a repetirse con mayor frecuencia una idea que merece análisis serio: “usar” las Reservas Internacionales Netas (RIN) del Banco Central de Reserva del Perú (BCRP) para cerrar brechas en salud, educación, lucha contra la anemia, infraestructura, industrialización e incluso para la creación de fondos soberanos.

En el debate público ya circulan propuestas atribuidas a Roberto Sánchez, Alfonso López-Chau, Ronald Atencio y Alex Gonzáles, entre otros. Más allá de los nombres, lo relevante es el planteamiento de fondo: convertir un instrumento diseñado para garantizar estabilidad macroeconómica en una herramienta de financiamiento para políticas públicas.

Y es precisamente allí donde debemos detenernos y analizar con mayor profundidad.

Entiendo perfectamente por qué este tipo de ideas conecta con la gente: cuando se escucha que el Perú tiene alrededor de US$ 90–95 mil millones en reservas, la reacción natural es pensar: «ahí está la solución». Y en campaña, la promesa luce redonda.

Pero aquí está el punto que no se dice con claridad: las reservas no son un presupuesto disponible. No son una «caja» del Estado lista para financiar políticas públicas. Son un seguro macroeconómico administrado por un banco central autónomo, creado precisamente para que no sea capturado por ningún gobierno entrante o de turno.

De hecho, el propio BCRP informó que al 15 de enero de 2026 las RIN cerraron en US$ 95 574 millones, destacando que la liquidez internacional sirve para enfrentar escenarios de volatilidad.

Las reservas Internacionales al 15 de enero del 2026 su valor actual es equivalente al 30 por ciento del Producto Bruto Interno (PBI), según el BCRP

¿Qué son las reservas y por qué existen?

El Artículo 84 de la Constitución establece que la finalidad del BCRP es preservar la estabilidad monetaria, y que una de sus funciones es administrar las reservas internacionales. Esa autonomía existe para que la política monetaria no se convierta en una herramienta electoral.

En términos simples: Las reservas son el «colchón» en moneda extranjera que permite sostener la estabilidad financiera y cambiaria cuando el mundo se complica (crisis externas, salida de capitales, estrés financiero, shocks en commodities, etc.). El propio BCRP describe esta lógica como un mecanismo de «auto-seguro», especialmente importante en economías con dolarización parcial y riesgos de liquidez en moneda extranjera.

Entonces, vayamos al punto: ¿qué tan malo puede ser «usar» las reservas?

Depende de lo que se entienda por «usar». Y aquí está el problema: en política se presenta como si fuera una decisión simple —»sacar una parte y gastar»—, cuando en realidad eso puede activar una cadena de efectos.

Lo que podría verse como «beneficio» (el lado bonito del discurso)

En el corto plazo, disponer de dólares para financiar gasto puede parecer positivo porque:

  • Permite anunciar más inversión pública o programas sociales «sin subir impuestos»; y «esto parece bonito».
  • Genera sensación de capacidad inmediata;
  • Puede impulsar demanda de manera transitoria.

Pero este «beneficio» es frágil porque no está financiado por productividad o recaudación, sino por debilitar el seguro que sostiene la confianza monetaria.

Lo describo así: como cuando una persona rompe el chanchito de ahorro por una compra impulsiva que sabe, en el fondo, que no la necesita.

Lo que se pierde (y por qué suele ser más costoso)

Si se debilitan reservas o se obliga al banco central a financiar objetivos del gobierno, los principales riesgos son:

  1. Presión sobre el tipo de cambio y la confianza
    Las reservas son una señal de fortaleza. Reducirlas por motivos fiscales puede elevar la percepción de riesgo y presionar el dólar, especialmente en un país donde empresas y familias aún conviven con dolarización parcial. El BCRP explica que la dolarización financiera genera riesgos de descalce (moneda/plazo), por lo que la estabilidad cambiaria no es un lujo: es una necesidad.
  2. Riesgo de inflación y pérdida del «ancla»
    Cuando la política monetaria deja de ser creíble y pasa a estar subordinada a necesidades políticas, el resultado típico es inflación más alta o más volátil. Esto no es opinión: el FMI muestra evidencia histórica para América Latina de una relación negativa fuerte entre independencia del banco central e inflación (a más independencia, menos inflación).
  3. Mayor riesgo país y financiamiento más caro
    Con menor credibilidad institucional, sube el riesgo país y, con ello, el costo del crédito para el Estado, empresas y familias. En la práctica, terminas pagando más caro por la misma deuda.
  4. Un precedente peligroso
    Hoy se «toca» por salud, mañana por obras, pasado por subsidios, y luego por urgencias electorales. Cuando se abre la puerta, cerrarla es difícil, porque el incentivo político siempre empuja a gastar.

Cuestionar estas propuestas no es estar en contra de cerrar brechas. Es exigir responsabilidad: cerrar brechas con instrumentos correctos, fuera de populismos, porque si comprometes el ancla macroeconómica, puedes terminar con más pobreza por inflación y crisis, que es la brecha más cruel de todas.

Un caso real para no olvidar

Cuando el banco central deja de ser independiente.

Argentina es un caso útil porque muestra lo que ocurre cuando la política fiscal termina dominando a la política monetaria. Durante años, una parte relevante del déficit fiscal se cubrió no solo con deuda, sino también con mecanismos vinculados al banco central: adelantos al Tesoro y transferencias (incluidas distribuciones de utilidades).

El FMI explica que las transferencias del banco central al gobierno «se sumaron a la base monetaria», aumentando el señoreaje y la inflación; es decir, no fue «dinero neutral», sino expansión monetaria con impacto directo en precios.

Cuando un gobierno se acostumbra a que el banco central «ayude» a cerrar huecos fiscales, se instala lo que el propio FMI denomina dominancia fiscal: el banco central pierde margen para controlar la inflación porque queda presionado a financiar al Estado o a sostener esquemas que, en el fondo, responden a necesidades políticas de corto plazo.

El FMI es explícito en que eliminar la dominancia fiscal es fundamental para fortalecer la independencia operativa del banco central y recomienda restringir o prohibir formas de financiamiento al gobierno, porque estas contaminan la política monetaria con intereses políticos de corto plazo.

Ese patrón no fue solo un diagnóstico del pasado. En informes más recientes del Fondo Monetario Internacional sobre Argentina, el problema aparece cuantificado como «monetary financing» (financiamiento monetario). En el IMF Country Report No. 24/2 (enero de 2024), el FMI señala que hasta 2023 el financiamiento monetario incluyó transferencias de utilidades del banco central al Tesoro, adelantos transitorios y operaciones en el mercado secundario, y que el financiamiento monetario alcanzó aproximadamente 5,0% del PBI en 2023.

En términos simples: una parte importante del déficit del gobierno fue cubierta con recursos del banco central, ante la dificultad de financiarlo de manera sostenible por otras vías.

Inflación, precios al consumidor (% anual) – Argentina

Fuente: Banco Mundial

Por eso es importante el matiz que el FMI remarca en su Country Report 25/219 (julio de 2025): incluso en un marco de normalización, señala que el uso de transferencias de utilidades del banco central al Tesoro debe calibrarse primero para reconstruir «buffers» y fortalecer el balance del banco central, y que las intervenciones del banco central en mercados de bonos deben ser temporales y limitadas a objetivos de política monetaria o a dislocaciones de mercado.

En otras palabras: el FMI está diciendo, con claridad, que el banco central no debe convertirse en el brazo financiero del gobierno.

Si bien el financiamiento monetario cubrió parte del déficit fiscal hasta 2023, el propio FMI enfatiza que no debe permitirse que un banco central financie de manera sostenida al gobierno.

Todo este repaso sobre lo que ocurrió en Argentina tiene un propósito claro: entender las consecuencias reales de debilitar la institucionalidad monetaria y no perder de vista lo que hoy algunos candidatos están planteando en el Perú. Las propuestas que sugieren utilizar reservas internacionales como si fueran presupuesto disponible no son un simple matiz técnico; son señales que deben analizarse con seriedad.

Las propuestas económicas insostenibles, especialmente cuando no están respaldadas por fundamentos técnicos sólidos, deben preocuparnos. La fortaleza macroeconómica del Perú —con todas sus imperfecciones, limitaciones y debates pendientes— no es un accidente. No es algo que exista por inercia. Es el resultado de reglas institucionales, disciplina fiscal relativa y, sobre todo, la autonomía de una institución clave: el Banco Central de Reserva del Perú.

Durante años, incluso en medio de fuerte ruido político, cambios de gobierno y tensiones institucionales, la economía peruana ha mantenido un ancla de estabilidad. Esa estabilidad no es perfecta, pero ha evitado escenarios de descontrol inflacionario o crisis cambiarias profundas. Y ese ancla tiene nombre: independencia monetaria.

Por eso sorprende aún más cuando propuestas de este tipo provienen de perfiles con formación económica. Cuando un candidato con trayectoria académica en economía plantea utilizar reservas internacionales como instrumento fiscal, el problema es doble. No solo se vende una solución rápida a problemas estructurales complejos, sino que además se normaliza una confusión peligrosa entre "reservas" y "presupuesto".

Ese desliz no es menor. En economía, las palabras importan, pero las señales importan aún más. Si desde el discurso político se instala la idea de que el banco central puede convertirse en herramienta de financiamiento del gobierno, el mensaje que se envía a mercados, inversionistas y agentes económicos es delicado.

No se trata de estar en contra de cerrar brechas sociales. Se trata de hacerlo con instrumentos adecuados y basados en la realidad de Perú. Convertir el seguro macroeconómico del país en una fuente de gasto coyuntural puede generar aplausos en el corto plazo, pero también puede sembrar inestabilidad en el mediano plazo.

La estabilidad macroeconómica del Perú, con todas sus falencias, ha sido uno de los pocos pilares que nos ha mantenido a flote en contextos políticos turbulentos. Debilitar ese pilar por propuestas populistas sería un error histórico.

Y frente a eso, el silencio no es una opción.

Fuentes: FMI; Banco Mundial; Trading Economics; BCRP

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